martes, 27 de julio de 2010

ser voluntaria

Ser voluntaria en el hogar de niñas en Dum Dum ha sido una de esas experiencias que llenan el alma. Por 4 fines de semana fui la única voluntaria, durante esos días le ayude a la hermana a organizar las medicinas, marcar todos los frascos, marcar las cajitas con las pulseras, diademas y aretes para las niñas, organizar los expedientes, marcarlos, ubicar las fotos de las niñas, etc. Mientras organizaba los papeles de las niñas, leía lo que decían algunas de las historias y mientras lo hacía mi corazón y mi alma se sentían tocados. Por ejemplo, una de las niñas fue encontrada en la estación del tren pesando únicamente 1,8Kg. En otras historias las hermanas dan una breve descripción del perfil de cada niña, en estas descripciones uno puede encontrar cosas como “ella es muy amorosa, le gusta colaborar, le gusta arreglarse y usar pulseras, le gusta que le digan que se ve linda y que le den amor”. Son 64 niñas que han sido abandonadas, pero quienes están rodeados por un grupo de mujeres increíbles, que las alimentan, las cambian, las consienten, las conocen desde hace mucho tiempo; estas mujeres son mujeres de pequeños pueblos cerca a Calcuta que trabajan en el hogar, no hablan inglés pero son siempre muy amables. Además las niñas tienen a las hermanas, que les cantan, les dan la comunión, les cosen sus vestidos y les dan amor. Este fin de semana llego un grupo de 4 niñas austriacas, que vinieron a Calcuta por 1 mes con el único propósito de ayudar, de colaborar con aquellos que nos necesitan. Y es que en este mundo hay muchas maneras de ayudar, de ser útil a quienes nos necesitan, solo hay que estar dispuestos, como dice un letrerito en el hogar “God doesn’t ask for your ability or inability, he asks for your availability”. Para mí se ha convertido en parte de mi vida levantarme a las 6:30, coger un auto hasta Ultadanga y luego coger mi bus, ya conozco qué buses me sirven y la ruta que toman. Cuando voy tarde tomo un auto con el señor que ya me conoce y que sabe para donde voy, el no habla inglés pero nos entendemos y no necesito darle indicaciones porque el ya sabe cuál es mi destino. Frente al hogar de las niñas hay un señor quien el primer día me recibió con una sonrisa y una bendición, es un señor de aproximadamente 45 años, delgado, su nombre es James. El siempre me acompaña a coger el bus de regreso y fue él quien me enseño qué bus tomar, ha aprendido inglés con las hermanas y me dice que cuando vuelva a Colombia tengo que escribirle porque somos amigos, lo cual es verdad; creo que él es de esas personas que nunca voy a olvidar. De hecho creo que él hace parte de ese grupo de ángeles disfrazados de humanos con los que me topado en Calcuta; todos han sido hombres mayores, quienes sin conocer ni hablar muy bien inglés, me han brindado su ayuda para saber qué bus tomar, donde bajarme; para venderme un balde; para preguntarme de donde soy y entablar conmigo una charla sobre futbol. En dos semanas, cuando tenga que partir de esta ciudad, voy a extrañar a todos los ángeles que he conocido acá, a los que me ayudan a tomar el bus, a los que venden en el mercado, a los ángeles que me reciben con una sonrisa los fines de semana, a los ángeles que me permiten desayunar croissant (de esos que dan en los aviones) y té después de misa, voy a extrañar a esos ángeles anónimos que solo he encontrado en esta ciudad.

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