jueves, 24 de junio de 2010

Primer Dia en Calcuta

Mi primer día en Calcuta paso de la emoción y la expectativa a la incertidumbre y el arrepentimiento. Comencé el día descubriendo solo una partecita muy pequeña de lo que es Calcuta, jóvenes peleándose ayudar con las maletas para ganarse algo de propina, el taxista que cobra una cargo adicional por tomar una vía en la cual, según él, no hay trancones; el baño al estilo India con un hueco en el piso (al que no fui capaz de entrar), las tiendas de dulces, la comida de la calle que se disfruta si se tiene un estomago resistente. Pase de esa Calcuta por descubrir a la Calcuta que me hizo llorar, la que me hizo querer dar la vuelta y regresar, la que me hizo cuestionarme quien me mando a venir a este país, quien me mando a sacrificar las comodidades y la limpieza de donde estaba, por qué no me quede a disfrutar de los Campos Elíseos en verano en lugar de venir a aguantar más de 30° con lluvia, calles sucias, gente mendigando, sabanas que no están limpias, baños en los que no hay papel higiénico y en los que al bañarme queda un charco increíble porque la ducha no está separada del resto. Sí, llore mientras desde la ventana de aquella habitación incómoda donde pasé mi primer noche en Calcuta, veía y sentía el aguacero fuerte de la noche, veía como el agua entraba y mojaba las sabanas de la cama que me dejaron, llore mientras escuchaba a dos jóvenes hablar y reírse en un idioma que me era extraño, llore mientras recordaba mi cama, mi sabanas limpias, mis toallas frescas y suaves, la comodidad de mi baño, el olor a limpieza. Sí, lo acepto, crecí en un hogar de clase media-alta colombiana, de esos que se consolidaron a pulso y con el sudor de la frente de quien ha trabajado toda su vida por darle lo mejor a sus hijos, de esos en los que las mamás tiene todo limpio, en los que las toallas huelen a suavizante de lavanda, de esos en los que el baño está reluciente, de esos en los que las sabanas son frescas y limpias, en los que cada hijo tiene su habitación y su espacio, de esos en los que no le falta a uno nada. Crecí en ese tipo de hogar y por lo tanto me resulta difícil acomodarme a vivir en una especie de pensión, a compartir mi habitación con 3 personas más, a compartir el baño con otras 6, a no sentir la frescura de las toallas o no ver la pulcritud en el baño. Fue así como en mi primer noche en Calcuta las lágrimas de mis ojos se confundían con la lluvia de afuera, fue así cómo me dormí preguntándome por qué decidí venir a este país. Al siguiente día me desperté sin saber que empezaría a encontrar y a construir la respuesta a mi pregunta.

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